Tulum no enfrenta solo un problema de seguridad.
Enfrenta algo más profundo: la forma en que se construye su historia.
Cada incidente se amplifica y se repite, como si definiera todo su destino, aunque la realidad sea mucho más matizada.
Muchas de las noticias que circulan en redes sobre inseguridad desbordada corresponden, en realidad, a disputas focalizadas entre grupos delictivos.
No son ataques indiscriminados contra turistas ni escenas de violencia generalizada en zonas cotidianas.
Confundir enfrentamientos criminales con un colapso total de seguridad no solo es impreciso, sino también irresponsable.
Tulum, como cualquier ciudad turística en rápido crecimiento, tiene episodios que deben atenderse con seriedad y responsabilidad institucional.
El problema comienza cuando la desinformación sustituye al dato, y el miedo se utiliza como moneda de cambio para obtener clics, atención o ventaja política.
El daño no es menor.
Afecta reservas, inversiones, empleos y, sobre todo, la percepción internacional de un destino que depende del turismo.
El problema no es negar la violencia, sino cómo y a quién se le carga el costo del miedo.
Mientras Tulum se presenta una y otra vez como sinónimo de inseguridad, municipios como Benito Juárez, Playa del Carmen, Bacalar o Felipe Carrillo Puerto registran hechos violentos que rara vez se difunden de la misma manera.
La violencia existe en varios puntos del estado, pero no todos los territorios reciben el mismo enfoque mediático. En unos se informa; en otros se construye reputación negativa.
Esa diferencia no es casual.
No se trata de minimizar lo que ocurre, sino de exigir responsabilidad a quienes convierten la inseguridad en espectáculo y el turismo en rehén del clic fácil. Cuando el miedo se utiliza sin contexto, deja de ser advertencia y se vuelve herramienta.

