Síguenos

¿Qué estás buscando?

abril 03, 2026

Voces

Promesas que enamoran, gobiernos que decepcionan

Cada temporada electoral revive un fenómeno antiguo: candidatos que aseguran que, cuando lleguen al poder, todo cambiará. Prometen más obras, más justicia, más hospitales, más seguridad, más bienestar. El discurso siempre apunta hacia un futuro ideal que comenzará —casualmente— cuando ellos gobiernen. Sin embargo, esta estrategia no es nueva. La Biblia ya describía este modelo político hace más de tres mil años en la figura de Absalón.

El relato de 2 Samuel 15:1-6  presenta a Absalón no como un rebelde impulsivo, sino como un político estratégico. Se colocaba a la entrada de la ciudad, escuchaba las quejas del pueblo y afirmaba: “Tu causa es buena y justa, pero no tienes quien te escuche de parte del rey”. Luego añadía la promesa implícita: “¡Quién me pusiera por juez en la tierra!”. No atacaba directamente al gobierno; sembraba una percepción: conmigo, la cosa pública funcionaría mejor.

Su táctica fue profundamente moderna. Primero generó empatía emocional; después debilitó la confianza en las instituciones; finalmente ofreció esperanza personalizada. El texto bíblico concluye con una frase inquietante: “Así robaba Absalón el corazón de los hombres de Israel”. La conquista política comenzó en las emociones antes que en las propuestas reales.

Desde una perspectiva crítica, el problema no es prometer mejoras —toda política necesita visión—, sino construir legitimidad únicamente sobre el descontento social. Cuando el liderazgo se fundamenta en expectativas ilimitadas y diagnósticos simplificados, la política se convierte en espectáculo emocional más que en servicio público responsable.

La historia bíblica muestra que Absalón logró popularidad rápidamente, pero carecía de la prudencia moral y la responsabilidad necesarias para gobernar. El resultado fue crisis, división nacional y tragedia personal. El relato advierte que el carisma sin carácter puede conquistar multitudes, pero difícilmente sostiene una nación.

Hoy, como ayer, el ciudadano enfrenta el mismo desafío: discernir entre propuestas viables y promesas seductoras. No todo discurso de cambio es transformación auténtica. A veces, detrás del “más para todos” se esconde simplemente el antiguo deseo de poder.

La política sana no se mide por la cantidad de promesas, sino por la coherencia entre verdad, responsabilidad y servicio. La historia de Absalón permanece vigente porque revela una constante humana: cuando las emociones gobiernan la decisión pública, el futuro suele pagar el precio del entusiasmo del presente.

Correo electrónico: ministrosaul@hotmail.com

Advertisement. Scroll to continue reading.
[adsforwp id="243463"]

Te puede interesar