En un curso de actualización profesional sobre salud mental y el costo silencioso del ejercicio profesional, impartido en la Casa de los Saberes Jurídicos el 13 de febrero de 2026, la disertante comentó que en el pasado se intentó saciar las crisis existenciales de soledad y apego por medio del llamado “Tamagotchi”.
Este era una mascota digital que debía ser alimentada, cuidada y atendida constantemente. Si el usuario la descuidaba, enfermaba o moría.
Pero ¿qué había detrás del Tamagotchi? ¿Un deseo de dependencia? ¿El anhelo de sentir que se tiene a alguien al lado para cuidar y amar?
Japón atravesaba en los años noventa lo que los economistas llamaron la “década perdida”: estancamiento económico, presión laboral creciente y un estilo de vida urbano cada vez más solitario.
En las grandes ciudades, millones de personas vivían entre jornadas extenuantes y apartamentos diminutos.
La vida comunitaria tradicional comenzaba a diluirse y la soledad aumentaba.
En ese escenario apareció una mascota digital que ofrecía algo aparentemente simple: alguien que dependía de ti.
El éxito del Tamagotchi reveló una intuición psicológica poderosa.
El ser humano necesita cuidar, vincularse y sentirse necesario para alguien, incluso cuando ese “alguien” es apenas una simulación electrónica.
Desde la psicología social, este fenómeno puede entenderse como una forma de compañía simbólica.
El dispositivo mantenía a la persona ocupada, generaba una responsabilidad emocional mínima y producía una sensación de relación.
Pero también planteaba una pregunta inquietante: ¿estábamos frente a un juguete o ante un síntoma cultural de soledad y vacío emocional?
La sociedad contemporánea ha desarrollado una relación ambigua con la soledad.
Por un lado, nunca ha habido tantas conexiones digitales; por otro, la sensación de aislamiento crece silenciosamente.
El ruido permanente —pantallas, redes sociales y entretenimiento constante— funciona como una anestesia que evita enfrentar el silencio interior.
En ese contexto, los Tamagotchis fueron un precursor de algo que hoy vemos a gran escala: tecnologías diseñadas para simular compañía.
Sin embargo, existe un límite evidente. Los dispositivos pueden distraer la mente, pero no pueden sustituir las relaciones humanas ni responder a las preguntas profundas de la existencia.
El ser humano no solo necesita estímulos; necesita significado, pertenencia y amor real.
Quizá por eso el problema de fondo no sea tecnológico, sino cultural. Hemos aprendido a llenar cada minuto de actividad, pero hemos olvidado algo esencial: cómo estar a solas con nosotros mismos y, por supuesto, con nuestro Creador y con los demás.
Paradójicamente, muchas de las grandes tradiciones espirituales han enseñado lo contrario.
El silencio, el retiro y la reflexión no son enemigos del bienestar humano; son espacios donde la mente se ordena y la vida adquiere perspectiva. Jesús les dijo a sus discípulos, después de una jornada intensa y exitosa, que se retiraran con él a un lugar apartado (S. Marcos 6:31).
El pequeño Tamagotchi de los años noventa, visto en retrospectiva, parece casi una metáfora de nuestro tiempo: una criatura digital que reclama atención constante para evitar que pensemos demasiado y para ayudarnos a sentir compañía, aunque sea en un mundo simulado y virtual.
La pregunta, entonces, no es si la tecnología puede acompañarnos para aliviar la soledad.
La pregunta es más profunda: ¿qué ocurre cuando una sociedad necesita dispositivos para no enfrentarse a su propia soledad y para intentar vivir con alegría sin depender de vínculos falsos?

