Síguenos

¿Qué estás buscando?

marzo 24, 2026

Voces

Más conciencia y menos desperdicio

Llegué cansada después de otra larga jornada de trabajo; mi casa me pareció el paraíso más exquisito, y sin pensarlo dos veces corrí para tomar una ducha.

Sentía como las gotas de agua se deslizaban, competían entre ellas para ver cuál llegaba primero.

Pero eso no me importaba, solo me aproveché de su capacidad de refrescar, y bajar con ellas toda la carga de un día lleno de afanes y cotidianidad.

Pasaban los segundos que se convertían en minutos y el agua descendía en un movimiento diagonal.

Solo yo permanecía inmóvil, escuchando atenta su concierto armonioso que acompañaba a mis pensamientos, hasta que me interrumpió un golpe leve en la puerta.

Era mi esposo, estaba preocupado, quería saber si me encontraba bien ya que tenía la ducha abierta durante 45 minutos sin parar.

Al otro día fue la misma rutina, me vi envuelta en la monotonía, ya quería llegar a mi hogar a repetir el ritual del día anterior.

Llegué, sudorosa, cansada y malhumorada, es decir, en estado perfecto para mi cita nocturna con la ducha y sus ventajas, y cuando le doy la vuelta a la llave de izquierda a derecha, como aviso de atención para que el agua saliera al encuentro acostumbrado: ¡Vaya fue mi sorpresa!

Advertisement. Scroll to continue reading.
[adsforwp id="243463"]

El preciado líquido no quería bajar; le hice serenatas a la ducha a ver si me daba, aunque sea con rabia un poquito de agua; abrí los demás grifos y nada pasaba, llamé a mi esposo un poco enojada y me explicó que toda esa irregularidad era provocada por una avería en los acueductos y que no se arreglaría hasta el siguiente día.

En ese trance me uní a los 1,200 millones de personas que viven en escasez de agua, envidié mi sangre que posee alrededor de un 90 % de agua y las olas del mar donde el agua nunca deja de bailar.

Luego, acostada en mi cama con la mente un poco más clara y limpia, aunque no pueda decir lo mismo de mi cuerpo, reflexioné; ya no estaba enfadada, más bien me sentí avergonzada, recordé con añoro como el día anterior desperdiciaba sin conciencia del agua y me llegó ese dicho tan popular y lo adapté a mi situación: Nadie sabe el valor que el agua tiene hasta que la pierde.

Ayer fue el Día Mundial del Agua y nada mejor que recordar que no somos dueños del mundo, solo somos administradores. «Del Señor es la tierra y todo lo que hay en ella; el mundo y los que en él habitan» (Salmos 24:1).

Cuidemos los recursos que Él puso en nuestras manos porque hay desperdicios que cuestan, y cuestan mucho.

Te puede interesar