De las cualidades más lindas que el ser humano puede tener: la humildad, la solidaridad y la empatía sobresalen en un mundo donde se promueve la competencia, el consumismo y la envidia.
Hace poco conocí el término de ‘alegría empática’ que consiste en alegrarte sincera y genuinamente por lo bueno que le pasa a otras personas. En el budismo, lo llaman ‘mudita’, los hebreos le dicen ‘firgun’ y Jesús lo cataloga como amor al prójimo.
En una ocasión le preguntaron: Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?, Jesús respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
Ese ‘como a ti mismo’ es precisamente eso, sufrir con los que sufren y alegrarnos con los que se alegran como si fueran nuestras penas y nuestras dichas. En 1 de Corintios 12:26 se explica muy bien:
“De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan”.
Esta alegría altruista representa subir de nivel, escalar un peldaño muy alto e ir en contra de la corriente.
Es anular un pensamiento envidioso con uno que destila amor por los demás. Cuando te digan: hay gente que quiere que te vaya bien, pero no mejor que a ellos; respóndeles: la gente que aplauden las victorias ajenas, es gente que ya triunfó por dentro.
Cuando logras celebrar sinceramente el éxito de otros, cosas que a veces ni tú mismo has alcanzado, reflejas paz interior, seguridad personal y mucha madurez emocional.
Es saber que la otra persona no es una amenaza para lograr tus propias metas y que el mundo es lo suficientemente grande para que todos quepamos dentro.
Dejemos las comparaciones, la envidia, el malestar por la felicidad del otro, eso solo genera más tristeza e infelicidad.
En Proverbios 14:30 lo deja claro: “El corazón apacible vivifica el cuerpo, pero la envidia es carcoma en los huesos”, y el cantante Jackson Brown lo recalcó:
“La envidia es el homenaje que la mediocridad le rinde al talento”, porque quien tiene luz propia no necesita apagar la de los demás para brillar.

