Hace días una amiga me contaba que pronto regresará a su ciudad natal, después de años de estar fuera estudiando, y con pesadez me decía que se la hará muy tedioso volver a vivir en casa de sus padres.
Y aunque sí es cierto que en la edad adulta valoramos mucho la independencia y el tener nuestro propio espacio, le respondí: ¡Qué privilegio tienes y ni cuenta te has dado!
Me miró con cara de asombro y procedí a explicarle: primero, tener ambos padres vivos a esta edad es un regalo que no todos tienen. Cuando eres consciente que cada día que pasa envejecen, que sus cabezas se tornan blancas, que ya no poseen ese vigor y energía que antes y que el tiempo que les queda en este mundo es limitado, agradeces cada instante por ellos.
Segundo, que estén cerca, que te busquen, que te reciban y que todavía te den su apoyo, es una bendición que no tiene precio. En vez de quererlos lejos, te propones disfrutar cada segundo posible a su lado, añoras esas pláticas, esos consejos y esos momentos que un día serán recuerdos.
Para los que nos tocó vivir en otro país, lejos de casa y por ende de papá y mamá, nos aterra saber que envejecerán y que no estaremos ahí. Apreciamos hasta una simple llamada, el verlos a través de una videollamada y escuchar todavía su voz. Contamos los días para abrazarlos y tenerlos de frente.
Volver a ellos es volver al hogar, donde siempre serás ese pequeño que necesita refugio, que requiere unos brazos que sostienen y un amor sin condiciones que da sin gastarse nunca.
La Biblia dice: «Honra a tu padre y a tu madre» es el quinto mandamiento (Éxodo 20:12) y el primero con promesa de bendición: «para que te vaya bien y disfrutes de una larga vida en la tierra» (Efesios 6:1-3).
No podemos pagar todo lo que han hecho por nosotros, es una deuda de tiempo, dinero y amor incalculable, pero sí podemos honrarlos en cada etapa de nuestra vida. Honrarlos es respetarlos, cuidarlos, obedecerlos y amarlos, no solo cuando eres un niño; también cuando eres adulto y ellos envejecen. Cuando ya no necesitas tanto de ellos, pero ellos sí de ti.
Proverbios 23:22 dice: «Oye a tu padre, a aquel que te engendró; y cuando tu madre envejeciere, no la menosprecies».
Aprovéchalos ahora, no son eternos ni tienes el mañana asegurado. Extrañarás lo que hoy das por sentado. De nada sirve llenar de flores una tumba, si ahora la llenas de ausencias.
El mejor homenaje a nuestros padres no es una lápida bonita, sino haberles dado amor, compañía y respeto cada día en vida.

