El primer sorbo de café no solo despierta el cuerpo; también abre un espacio para pensar. Mientras el día comienza, solemos imaginar el amor como algo que fluye sin tropiezos: entenderse sin esfuerzo, coincidir, caminar al mismo ritmo. Como si amar fuera, ante todo, evitar el conflicto.
El filósofo Hegel, planteaba que toda relación es una relación de poder, siempre hay un esclavo, y para ello basta mirar con honestidad cualquier relación para corroborarlo. Tarde o temprano aparece la diferencia. El otro no siente igual, no responde igual, no está siempre cuando lo esperamos. Y ahí surge la tensión: querer cercanía y, al mismo tiempo, necesitar distancia; desear permanecer, pero también querer huir un poco.
En el amor, ambos quieren ser vistos y reconocidos. Queremos que el otro nos elija, nos confirme, nos dé un lugar. Sin embargo, ese deseo puede transformarse en una lucha silenciosa. ¿Quién decide el ritmo?, ¿quién espera?, ¿quién cede más? A veces hay alguien que marca el paso y otro que se adapta. No siempre se dice, pero se siente.
El conflicto no siempre destruye el vínculo; muchas veces lo revela. Muestra que amar no es fundirse ni desaparecer en el otro. Cuando uno se impone, la relación se endurece. Cuando uno se borra para evitar el conflicto, se vacía. Entre esas dos fuerzas, el amor se mueve: incómodo, inestable, vivo.
Tal vez por eso el amor no se resuelve del todo. No alcanza una calma definitiva ni un equilibrio perfecto. Las tensiones no desaparecen; cambian de forma. Amar es sostener esa contradicción sin huir de ella, aceptar que no todo encaja y que, aun así, algo nos mantiene ahí.
Para Hegel, el amor no alcanza una armonía perfecta, pero sí puede lograr momentos de reconocimiento mutuo: instantes en los que nadie necesita dominar para ser visto. No es un final feliz asegurado, sino una posibilidad frágil que aparece y desaparece en la relación.
¿En qué momento estás en tus relaciones? ¿Eres la persona que se conduce como ama o esclava? ¿Es posible resolver esa tensión?
Sugerencia para un buen café filosófico: La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera. No para aprender cómo amar, sino para habitar las preguntas: entre la libertad y el compromiso, entre el peso y la levedad, entre quedarse y huir.
Quizá amar no sea resolver la contradicción, sino aprender a vivir con ella, incluso cuando el café ya se ha enfriado.
¡Hasta el próximo cafecito!

