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marzo 27, 2026

Voces

“El DÍA QUE ENTENDIMOS QUE YA NO PODÍAMOS SEGUIR IGUAL”

Cuando yo era niño, hablaba, pensaba y razonaba como un niño; pero cuando crecí, dejé atrás las cosas de niño. 1 Corintios 13: 11

Eran las 8:45 de la noche del domingo 15 de marzo del 2026. La congregación comenzaba a dispersarse después de la reunión de celebración cristiana. Entre saludos, despedidas y conversaciones breves, alguien se acercó y dijo: “Pastor Saúl, una persona le busca y quiere platicar con usted”.

Dejé lo que estaba haciendo y caminé hacia la entrada. Allí estaba una mujer de aproximadamente 37 años. Su rostro hablaba antes que sus palabras: lágrimas constantes, un ojo morado, raspones visibles en los brazos y el peso evidente del alcohol intentando anestesiar un dolor más profundo. No era solo cansancio y maltrato físico; era desgaste emocional acumulado.

Le propuse pasar a la oficina para conversar con privacidad. Se sentó, guardó silencio unos segundos y, entre sollozos, rompió finalmente la barrera que muchas veces sostiene el sufrimiento humano:

“¡Ya no quiero vivir así! ¡Ya no quiero seguir sufriendo esto! ¡Me siento sola! Él siempre me busca y luego que bebemos terminamos en pleito”.

Aquella frase no era simplemente una queja; era el inicio de un cambio. En la experiencia pastoral y humana, el cambio raramente comienza con soluciones, sino con una conciencia dolorosa: reconocer que lo normal se volvió insoportable.

La resistencia al cambio no siempre se manifiesta como rebeldía abierta. Muchas veces adopta la forma de costumbre. Las personas permanecen en ciclos destructivos no porque ignoren el daño, sino porque lo conocido parece menos aterrador que lo desconocido. El miedo a la soledad, la dependencia emocional y la esperanza repetida de que “esta vez será diferente” construyen cárceles invisibles.

Pablo describe en 1 Corintios 13:11 una transición inevitable: crecer implica resolverse a abandonar patrones de pensamientos y sentimientos que alguna vez parecieron naturales, pues lo que no se confronta, no se transforma. La madurez no ocurre cuando desaparecen los problemas, sino cuando dejamos de justificar aquello que nos destruye.

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Aquella noche entendí nuevamente que el cambio verdadero inicia cuando alguien pronuncia una frase decisiva: “ya no quiero seguir igual”. Ese momento marca el paso de la negación al despertar. Sin embargo, reconocer la necesidad de cambio no elimina automáticamente la resistencia interna. Cambiar exige confrontar y decidir romper vínculos dañinos, reconstruir identidad y aprender nuevas formas de vivir.

El desafío no es únicamente salir de una situación, sino sostener la decisión cuando regresan el miedo, la culpa o la costumbre. Por eso el cambio auténtico requiere acompañamiento, verdad y esperanza concreta.

Quizá todos, en distintos momentos, llegamos a ese punto silencioso donde comprendemos que seguir igual ya no es una opción. Y tal vez la madurez —espiritual, emocional y humana— comienza exactamente allí: cuando dejamos de sobrevivir y decidimos empezar a vivir.

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