Gustavo Adolfo Infante / Grupo Cantón
En los altos pisos de Nueva York y Los Ángeles hoy no se habla de guerras ni de elecciones, se habla de algo que les quita el sueño a los grandes magnates del entretenimiento: quién se queda con quién. Que si Warner dice no a Paramount, que si Netflix levanta la mano, que si Amazon se mete, que si Disney observa. Y mientras ellos mueven fichas de miles de millones de dólares, en las casas pasa algo muy distinto: ya no nos alcanza la vida, ni el tiempo, ni el dinero para tanto canal.
El ranking mundial de conglomerados de televisión y streaming es apabullante. Disney, Amazon, Netflix, Warner, Comcast, Paramount… todos gigantes, todos con catálogos infinitos, todos peleando por nuestra atención como si el día tuviera 48 horas. Pero no las tiene. Tiene 24. Y de esas, la mayoría trabajamos, dormimos, comemos, sobrevivimos.
El problema no es que haya opciones. El problema es que hay demasiadas. Antes uno llegaba a casa, prendía la televisión y veía lo que había. Hoy, para “ver lo que hay”, primero hay que decidir qué plataforma pagar, luego recordar qué serie está en cuál, después aceptar que ya subió el precio y, finalmente, resignarse a que no habrá tiempo para verla completa.
Los grandes conglomerados viven preocupados por fusiones, adquisiciones y estrategias globales. Si Warner se va con Netflix, si Paramount resiste solo, si Amazon compra otro estudio. Pero nadie parece preguntarse algo elemental: ¿el espectador puede con todo esto? Porque para estar al día habría que dejar de trabajar. Y si dejamos de trabajar, ¿con qué se pagan las suscripciones?
Hoy una familia promedio tendría que pagar televisión de paga, dos o tres plataformas de streaming, quizá una deportiva y otra infantil. Eso, sin contar el internet. Y aun así, no alcanza el tiempo para consumir ni el 10% de lo que ofrecen. Estamos pagando por catálogos que jamás veremos completos. Es como entrar a una biblioteca infinita sabiendo que solo leeremos cinco libros.
El negocio creció tanto que se volvió absurdo. Hay series que duran ocho episodios y nadie termina. Películas que se estrenan y se olvidan en una semana. Canales que nadie ve pero que cuestan. Y, aun así, los conglomerados siguen produciendo como si el tiempo fuera infinito y el dinero del público también.
La televisión dejó de ser un punto de encuentro y se convirtió en una carrera de resistencia. Ya no vemos por placer, vemos por compromiso. “Tengo que verla porque todos hablan de ella”. Y cuando la empezamos, ya hay otras cinco esperando.
Mientras los dueños del mundo mediático se preocupan por quién se fusiona con quién, el verdadero riesgo es otro: que el público se canse. Que apague. Que diga basta. Porque el problema ya no es la falta de contenido. Es el exceso. Y eso, tarde o temprano, también cobra factura.

