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enero 20, 2026

Voces

Cuando el vicio gobierna la casa: El sufrimiento que nadie ve

No fue un golpe lo que más dolió. Fue el silencio de su ausencia paterna.

El niño aprendió temprano a leer el sonido de las llaves, el olor a licor en el aliento, la forma en que la voz del padre cambiaba después del tercer vaso. En esa casa no había horarios, solo incertidumbre, miedos y estrés… Y donde no hay seguro y sano, no hay infancia; hay supervivencia.

El alcoholismo y la drogadicción de padres o cuidadores no son solo un problema de salud pública. Son, ante todo, una crisis moral y relacional que deja marcas profundas en quienes menos voz tienen. El daño no se limita al cuerpo del adulto; se infiltra en la arquitectura emocional del niño. Allí se gesta la ansiedad, la culpa, la vergüenza heredada.

Desde una mirada bíblica honesta, el problema no es únicamente el consumo, sino la esclavitud y miseria que describe la Escritura:

Todo el que practica el pecado es esclavo del pecado” (Jn 8:34).

Y como toda esclavitud, nunca afecta a uno solo. Arrastra vínculos, rompe promesas y convierte el hogar —que debía ser refugio— en un terreno inestable y peligroso. La biblia no romantiza esta realidad ni la espiritualiza con frases piadosas. El pecado tiene consecuencias reales, históricas y generacionales.

Aquí conviene decirlo sin rodeos: el niño no debe cargar con el costo del desorden adulto. Sin embargo, muchas veces lo hace. Se vuelve responsable antes de tiempo, aprende a callar para no “provocar”, normaliza la violencia emocional y confunde amor con tolerancia al daño que se muestra con gritos, insultos y humillación. Y luego nos sorprendemos cuando esa herida reaparece en la adolescencia o en la adultez.

La Escritura es clara cuando habla a los cuidadores:

Padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos” (Ef 6:4).

No es una recomendación blanda. Es una advertencia ética. Provocar no es solo gritar o golpear; también es abandonar emocionalmente, prometer sobriedad sin cumplirlo es mentirle y romper la esperanza y confianza del niño que espera ser amado y cuidado, pedir perdón sin cambiar estructuras. La gracia bíblica nunca fue una licencia para seguir dañando.

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Dios, en cambio, se posiciona sin ambigüedad del lado del niño herido:

Como “Padre de huérfanos y defensor de viudas es Dios” (Sal 68:5).

Muchos niños con padres adictos no son huérfanos legales, pero sí huérfanos emocionales. Adultos hay, presencia no. Y cuando la comunidad —familia extensa, iglesia, Estado— guarda silencio para “no meterse”, se vuelve cómplice por omisión.

Desde la biblia la esperanza no está en negar el daño, sino en interrumpir su transmisión. La redención no consiste en barrer el dolor bajo la alfombra espiritual, sino en nombrarlo, poner límites, buscar ayuda integral y reconstruir el vínculo con verdad. La sobriedad no es solo dejar de consumir; es volver a ser confiable.

Quizá el llamado más urgente hoy no es a juzgar al adulto adicto, sino a mirar al niño que está aprendiendo a vivir en medio del caos y riesgo de ser violentado su derecho y dignidad humana, por aquel que debe protegerlo. Porque cada copa de más, cada recaída no tratada, cada silencio cómplice, escribe una visión torcida en el corazón infantil:  un amor inseguro, una vida sin sentido vacía de propósito.

Y eso, desde cualquier ética —pero especialmente desde la bíblica— es inaceptable. La adicción puede ser una enfermedad, pero el abandono nunca es neutro. Y la infancia dañada clama justicia, no excusas.

Correo electrónico: ministrosaul@hotmail.com

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