La Presidencia de la República y la Secretaría de la Defensa Nacional confirmaron la detención en Tapalpa, Jalisco, de Nemesio Rubén Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, cofundador del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), organización que desde la década pasada se expandió por el país hasta convertirse en una de las estructuras criminales con mayor capacidad de violencia.
Según reportes oficiales, contaba con dos órdenes de aprehensión vigentes en México por delincuencia organizada.
El gobierno de Estados Unidos ofrecía además una recompensa de 15 millones de dólares por información que condujera a su captura.
Horas después se informó su fallecimiento tras el operativo.
Se trata de un hecho sin precedente reciente por la magnitud de la reacción.
Diversos estados registraron bloqueos carreteros, incendios de vehículos, enfrentamientos y jornadas de tensión.
La capacidad de movilización del grupo criminal confirmó algo ya conocido:
Se trataba de un delincuente con poder territorial y operativo suficiente para paralizar regiones enteras.
Hubo soldados que no regresaron a casa.
El país se detuvo por temor.
Ellos avanzaron pese al riesgo.
En estados como Quintana Roo, cuya economía depende de la estabilidad proyectada hacia el exterior, la noticia generó monitoreo inmediato y atención permanente.
Sin embargo, detrás de cualquier análisis económico hay una verdad más profunda: la seguridad nacional se sostiene con personas de carne y hueso.
México no puede normalizar que cada acción de alto impacto contra el crimen organizado venga acompañada de repliegues sociales y económicos.
Si ante la caída de un líder criminal múltiples entidades suspenden actividades por temor a represalias, el mensaje que cruza fronteras es claro: la gobernabilidad aún muestra fragilidades.
Durante “la mañanera”, el momento que marcó la jornada no fue la recompensa ni los detalles tácticos.
Fue la intervención del secretario de la Defensa Nacional, general Ricardo Trevilla Trejo, quien ofreció el pésame a las familias de los elementos que perdieron la vida durante el operativo.
Al hacerlo, la voz se le quebró en plena conferencia. Hubo una pausa breve, visible.
El mensaje institucional dejó de ser únicamente técnico y se volvió humano.
La detención y muerte de un capo es un hecho histórico por su dimensión operativa.
Pero la verdadera fortaleza del Estado no se mide sólo por capturar a un hombre poderoso, sino por demostrar que ningún criminal tiene la capacidad de poner de rodillas a un país entero.

