Hay historias que no envejecen porque describen patrones humanos persistentes. El peregrinaje del pueblo de Israel por el desierto no es solo un relato bíblico; es una crónica política, social y espiritual sobre cómo una comunidad liberada puede, paradójicamente, añorar sus cadenas.
El avance: salir de Egipto
El primer gran avance es innegable: la liberación. Israel pasa de la opresión estructural a la posibilidad de autodeterminación. No es poca cosa. En términos sociológicos, es el tránsito de un grupo sometido a un sistema totalitario a una comunidad en formación. En clave jurídica, es el paso de la arbitrariedad y abuso del faraón a un orden normativo que culminará en el Sinaí. En clave bíblica, es gracia soberana: Dios actúa antes de que el pueblo entienda o merezca y lo acepte.
El retroceso: Egipto en el corazón (Números 14:4)
“Y se decían unos a otros: Designemos un capitán y volvamos a Egipto.”
Pero el desierto revela una verdad incómoda: salir de Egipto no garantiza que Egipto salga del corazón. Cada crisis —hambre, sed, cansancio— detona la queja. “Mejor nos iba antes”. Aquí el retroceso no es geográfico, es mental y moral. Psicológicamente, es el fenómeno de la dependencia aprendida o síndrome de Estocolmo, donde la victima desarrolla vínculos emocionales positivos hacia quien lo somete, violenta y denigra: la esclavitud ofrecía seguridad, aunque fuera injusta. El desierto exige responsabilidad, fe y espera; tres cosas que no se improvisan.
La ley: orden o resistencia
La entrega de la Ley es otro avance estructural. No es opresión, es constitución. Sin embargo, el becerro de oro evidencia el retroceso: cuando la norma incomoda, se fabrica un ídolo más manejable. En lenguaje contemporáneo: se sustituye el bien común por el populismo religioso.
Una lectura para hoy
Israel en el desierto se asemeja en gran manera a, nuestras sociedades: frágiles, ansiosas, impacientes, inseguras e irracionales. Queremos libertad, pero sin proceso; derechos, sin deberes; promesas, sin desierto, transformación sin disciplina. El relato incomoda porque expone que el mayor enemigo del cambio no siempre es externo, sino interno.
El desierto no fue un error del camino; fue el camino. Avances y retrocesos no niegan el propósito, lo revelan. Israel llega a la tierra prometida no por su coherencia moral, sino por la fidelidad de Dios. Y esa es, quizá, la noticia más impresionante de todas: la historia humana es inestable; la gracia, no.

