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enero 30, 2026

Voces

Avances y retrocesos: crónicas de una nación en tensión

Hay historias que no envejecen porque describen patrones humanos persistentes. El peregrinaje del pueblo de Israel por el desierto no es solo un relato bíblico; es una crónica política, social y espiritual sobre cómo una comunidad liberada puede, paradójicamente, añorar sus cadenas.

El avance: salir de Egipto

El primer gran avance es innegable: la liberación. Israel pasa de la opresión estructural a la posibilidad de autodeterminación. No es poca cosa. En términos sociológicos, es el tránsito de un grupo sometido a un sistema totalitario a una comunidad en formación. En clave jurídica, es el paso de la arbitrariedad y abuso del faraón a un orden normativo que culminará en el Sinaí. En clave bíblica, es gracia soberana: Dios actúa antes de que el pueblo entienda o merezca y lo acepte.

El retroceso: Egipto en el corazón (Números 14:4)

“Y se decían unos a otros: Designemos un capitán y volvamos a Egipto.”

Pero el desierto revela una verdad incómoda: salir de Egipto no garantiza que Egipto salga del corazón. Cada crisis —hambre, sed, cansancio— detona la queja. “Mejor nos iba antes”. Aquí el retroceso no es geográfico, es mental y moral. Psicológicamente, es el fenómeno de la dependencia aprendida o síndrome de Estocolmo, donde la victima desarrolla vínculos emocionales positivos hacia quien lo somete, violenta y denigra: la esclavitud ofrecía seguridad, aunque fuera injusta. El desierto exige responsabilidad, fe y espera; tres cosas que no se improvisan.

La ley: orden o resistencia

La entrega de la Ley es otro avance estructural. No es opresión, es constitución. Sin embargo, el becerro de oro evidencia el retroceso: cuando la norma incomoda, se fabrica un ídolo más manejable. En lenguaje contemporáneo: se sustituye el bien común por el populismo religioso.

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Una lectura para hoy

Israel en el desierto se asemeja en gran manera a, nuestras sociedades: frágiles, ansiosas, impacientes, inseguras e irracionales. Queremos libertad, pero sin proceso; derechos, sin deberes; promesas, sin desierto, transformación sin disciplina. El relato incomoda porque expone que el mayor enemigo del cambio no siempre es externo, sino interno.

El desierto no fue un error del camino; fue el camino. Avances y retrocesos no niegan el propósito, lo revelan. Israel llega a la tierra prometida no por su coherencia moral, sino por la fidelidad de Dios. Y esa es, quizá, la noticia más impresionante de todas: la historia humana es inestable; la gracia, no.

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