No fue un discurso improvisado ni una provocación gratuita. Fue un mensaje pensado, colocado con precisión en el escenario correcto. Bad Bunny entendió algo que muchos políticos siguen sin comprender: cuando el odio se normaliza desde el poder, el amor deja de ser cursi y se convierte en una fuerza política.
Decir que la única fuerza más grande que el odio es el amor no es ingenuidad. Es estrategia. Es recordar que el desprecio se desgasta solo cuando se enfrenta con identidad, con memoria y con unidad. No con gritos, no con insultos, sino con presencia.
Por eso el mensaje fue continental. Nombrar a las naciones no fue un gesto simbólico menor. Fue restregarle en la cara al discurso ignorante que insiste en reducir América a un solo país, a una sola bandera, a una sola visión del mundo. América no empieza ni termina en Estados Unidos. América es mestiza, migrante, diversa y profundamente interconectada.
Cada referencia del evento tuvo una razón de ser. El idioma, los símbolos, la música, la estética: todo apuntaba a lo mismo. Aquí estamos. Todos. Los visibles y los invisibles. Los que construyen, limpian, cocinan, siembran, cantan y sostienen economías enteras mientras siguen siendo tratados como amenaza.
El mensaje no fue contra un hombre. Fue contra una mentalidad. Contra la arrogancia que cree que el poder da derecho a despreciar. Contra la idea de que el odio puede organizar sociedades. La historia demuestra lo contrario: el odio divide, el amor articula.
Y ahí está la ironía final. Todos quieren ser latinos. Usan la música, el ritmo, la estética, el sabor. Pero no todos entienden la raíz. No todos soportan el picante de la mezcla, la complejidad del origen, la intensidad de la identidad.
Trump quiere ser latino.
Pero le falta sazón.
Es agrio.
Es insípido.

