Seamos sinceros, como seres humanos nos encanta encajar, sentirnos parte de algo, compenetrarnos con alguien; nos fascina la idea de ser populares y caerle bien a todo el vivo.
Y aunque la intención es buena y válida, no siempre es posible. Dicen por ahí que no somos moneda de oro ni billete de 100 dólares para que todos nos quieran.
En ocasiones sentirás que por más que te esfuerces por encajar, no lo logras. ¿Y sabes qué? Está bien.
Crecer es darnos cuenta de que por las mismas razones que muchas personas te aman, otras no, y a otras le eres indiferente.
Dejas esa ansiedad social cuando entiendes que lo que ocurre no siempre tiene que ver contigo, no eres el centro del universo y cada quien actúa desde su historia, no desde tu valor.
Las personas no te hacen cosas, las personas hacen cosas y tú eres que interpretas que tanto te afectan. A veces creemos que los demás nos observan, nos juzgan o hablan mal de nosotros y eso se llama egocentrismo psicológico natural. ¿Y adivina qué?, la realidad es que la mayoría está demasiado ocupada con su propia vida como para pensar constantemente en la nuestra.
Y si de verdad no le caes bien, piensa que hay gente que no está en guerra contigo, está en guerra con ellos mismos y de alguna manera tú reflejas eso que les aterra o les disgusta.
Los psicólogos lo explican con la llamada regla del 33 %: un 33 % de las personas te apreciará y conectará contigo; un 33 % no simpatizará contigo, incluso si haces todo bien; y el otro 33 % simplemente será indiferente: no les afectará lo que hagas. No le darás ni frío ni calor.
Esto no te da permiso para que adrede tengas enemigos o no hagas el bien, tampoco. Incluso la Biblia dice en Romanos 12:28: “Hasta donde dependa de ustedes, hagan cuanto puedan por vivir en paz con todos”.
Claro que es un deber buscar activamente la armonía con los demás, hacer todo lo posible por la convivencia pacífica; a lo que no se refiere es desgastarnos queriendo ganarnos el favor, la amistad y el amor de quienes no les nace dárnoslo.
Nunca cometas el error de necesitar la validación externa para saber lo mucho que eres y vales; mucho menos caigas en la manía de gastar dinero que no tienes en cosas que no necesitas para impresionar a gente que no le importas.
Intentar agradar a todo el mundo es una batalla perdida que te quita autenticidad y te roba la paz y el maravilloso regalo de compartir el presente con ese primer 33 %, con tu gente, ese grupo incondicional que sin mucha formalidad, lujos o disfraz te ama por lo que eres.

