A lo largo de los siglos, la humanidad ha abusado de los recursos naturales y de la fauna que comparte nuestro planeta.
A veces por sobrevivencia, muchas otras por ambición o ignorancia.
Sin embargo, los primeros pueblos entendían algo esencial: la tierra no nos pertenece, nosotros pertenecemos a ella.
Las grandes civilizaciones mesoamericanas, como aztecas y mayas, desarrollaron ciudades organizadas, con sistemas de limpieza, manejo del agua, mercados bien estructurados y conocimientos avanzados sobre los ciclos solares y el calendario.
Existía orden, higiene y una relación profunda con la naturaleza.
Con el paso del tiempo, los procesos de conquista y expansión trajeron enfermedad, ambición y destrucción. La naturaleza fue de las primeras en resentir el impacto: bosques devastados, selvas arrasadas, animales exterminados y ecosistemas alterados.
Y lo más grave es que la costumbre de destruir resultó más fácil que la disciplina de respetar.
Hoy seguimos repitiendo errores. Contaminamos ríos y mares, talamos selvas para abrir paso a construcciones sin reforestar, invadimos hábitats silvestres y maltratamos a los animales domésticos que nosotros mismos trajimos a nuestras ciudades.
Perros y gatos, que deberían recibir protección y cuidado, muchas veces son víctimas de abandono y crueldad.
El cambio climático, los incendios forestales, las inundaciones, el deshielo de los glaciares y las pandemias no son hechos aislados.
Son consecuencia directa de décadas de irresponsabilidad ambiental. Los adultos somos responsables de lo que está ocurriendo en la Tierra.
Pero no todo está perdido.
La solución comienza en la educación. Desde el jardín de niños hasta la universidad, el cuidado del medio ambiente debe ser una materia central.
La educación cívica y ambiental debe formar ciudadanos responsables y conscientes, no seguidores de ideologías políticas.
La protección de la naturaleza no tiene partido.
Los niños son el futuro de México y no deben ser manipulados. Deben crecer con valores universales: respeto, responsabilidad y amor por la vida.
México es un país extraordinario, con una biodiversidad única.
Protegerla no es una opción, es una obligación moral.
Aún estamos a tiempo. Pero el tiempo no espera.

