A puñaladas, matan a mujer mayor para robarle

Un ladrón se introduce a robar en casa de la señora M. y acaba apuñalándola. No hay ningún detenido.

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CANCÚN, QUINTANA ROO.- A determinada edad, uno espera la noche para irse a dormir. Si se es creyente, se dan las gracias por el día vivido. La señora M, que había llegado a la tercera edad, hizo lo consiguiente.

Aunque no salía mucho, se arreglaba como si fuera a salir. Se ponía polvos en la cara, aretes en sus dos prominentes orejas y, cada cierto tiempo, se pintaba el pelo. No le desagradaban las canas, pero colorear el cabello la hacía sentirse contenta.

De manera que el martes 7 de octubre, la señora M. Dejó la sala y entró a su recámara. Se quitó los aretes y se des­vaneció los polvos con unas toallas. Antes de acostarse, hizo una oración de gracias por el día vivido.

Tenía lo que se dice buen sue­ño, porque no tardaba mucho en conciliar el sueño. A veces oía acercarse el silbato del vigilante cuando pasaba por su casa mar­cada con el número 43, en la calle Acuario, y apagarse más adelan­te, en la calle Astro o Tikal.

Esta vez ni siquiera escuchó el silbato. Se quedó profunda­mente dormida, de manera que no oyó cuando se abrió la puerta de la entrada. Quizá si hubiera estado despierta tampoco habría oído porque la sombra que forzó la entrada hizo el menor ruido posible.

La respetable anciana vivía sola, pues estaba en pleno uso de sus facultades y fuerzas. Y no temía ser asaltada porque a cada rato pasaba el vigilante por la Súper manzana 41. Esta vez la sombra tuvo suerte. Nadie lo vio entrar. Sus pupilas blancas sobresalía en la oscuridad. Fue revisando la sala y la coci­na, pero se detuvo en seco. Escuchó una respiración tranquila proveniente de unos de los cuartos.

Pegado a la pared, se deslizó por el pasillo. Giró la perilla con mucho cuidado. En esa habitación no había nadie. Avanzó a la siguiente puerta. Sus oídos podía sentir más cercana la respiración de la anciana.

REVOLOTEAN TODO

Al entrar el otro cuarto, vio un bulto pequeño, extendido sobre la cama. Deslizando los zapatos llegó al borde de la cama, y co­menzó a apuñalarla. La señora M., dormida profundamente, no se dio cuenta de lo que pasaba. Quedó inerte en su cama.

La sombra encendió la luz y comenzó a revolotear todo el cuarto de su víctima. Incluso, sin el menor remordimiento, regó el contenido de los cajones al lado del cadáver de la anciana. Bo­tones, amatistas, medicinas, un control de la televisión con las pilas descubiertas comenzaron a rodear el cuerpo de la señora M.

El criminal ladrón tuvo todo el tiempo del mundo para poner patas arriba la casa antes orde­nadita de la señora M. Buscaba lo que todo ladronzuelo ansía: dinero fácil a costa de otros. Una vez cumplido su cometido salió corriendo del fracciona­miento Tikal. Alguien lo vio sa­lir en estampida y llamó al 911. Pronto arribaron los elementos de la fiscalía y acordonaron el área. Minutos más tarde llega­ron los del Semefo. La señora M, había fallecido.