Mesa servida

A unos cuantos días del segundo debate, el próximo domingo 20 de mayo en la Universidad Autónoma de Tijuana, se evidencia que los discursos no varían ni el lenguaje corporal de los aspirantes a distintos cargos de elección popular que actúan sus respectivos papeles

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A unos cuantos días del segundo debate, el próximo domingo 20 de mayo en la Universidad Autónoma de Tijuana, se evidencia que los discursos no varían ni el lenguaje corporal de los aspirantes a distintos cargos de elección popular que actúan sus respectivos papeles y, en casa, desfogan euforias y frustraciones de acuerdo a cómo respondan los futuros sufragantes y señalen sus encuestas –las del primer libro, esto es las reales que no dan a conocer–, en medio de un creciente enfado de la sociedad.
No podemos soslayar la infamia con la cual se pretende convertir este escenario en hoguera cuando la ciudadanía todavía no se pronuncia en las urnas y da validez a la voluntad de un colectivo herido que ya no cree en monsergas pero, por desgracia, se siente atraído por el flautero de Hamelín, esto es el ídolo político de cada quien, para seguirlo como ratas ante la melodía cadenciosa y dormilona.

Más que meditar en el futuro y las consecuencias de sus sufragios, estiman imperativo, nada más, creer a pie juntillas en su ícono –sea Andrés, los más, o Anaya, los mucho menos–, con basamentos en encuestas obviamente manipuladas para halagar a quienes las contratan y pagan.

Ya verán ustedes cómo se justificarán, con pretextos mil, después del primero de julio. Estamos a mes y medio de distancia; el tiempo voló desde nuestras manos.

¿Hemos aprendido algo? Poco, si nos atenemos a las supuestas lecciones de los candidatos. Reiteramos, eso sí, que el sistema y sus vertientes han actuado en contra de la sociedad, en su conjunto, tratando de desvirtuar pronunciamientos y defendiendo al estado de cosas en contra de la conciencia del colectivo que impulsa hacia un cambio drástico en donde no sea tan sencillo corromperse y gozar de la infausta impunidad que remata la línea de la inmoralidad, pública y privada, también con la guía inverosímil de un empresariado falaz que NUNCA debió meterse en la contienda con la única intención de proteger SUS intereses y no los de la nación. A menos, claro, que se considere que Slim, Larrea y Baillères, junto a quienes les escoltan en eso de las fortunas inmensas, sean México, y los demás sólo las cenizas de sus valiosos habanos.

Rafael Loret de Mola