Una eventual apertura de Venezuela no es solo un giro político: es un reacomodo económico regional con riesgos claros y oportunidades medibles. El primer riesgo es el vacío de poder: los primeros 12 a 24 meses suelen traer inestabilidad, cuellos de botella logísticos y decisiones erráticas. El segundo es la captura económica: cambiar un régimen sin reformar instituciones puede reproducir corrupción y discrecionalidad. El tercero es geopolítico: tensiones internacionales pueden traducirse en sanciones cruzadas que afecten comercio y transporte.
¿Cómo se mitigan estos riesgos? Con algo que América Latina suele olvidar: instituciones, reglas y tiempo. Apertura gradual, arbitraje internacional, controles aduanales transparentes y acuerdos comerciales escalonados. No con discursos, sino con contratos.
Ahí aparece Quintana Roo. Hoy el Aeropuerto Internacional de Cancún mueve más de 30 millones de pasajeros al año, de los cuales cerca del 35% son internacionales. Una Venezuela reinsertada puede aportar entre 250 y 400 mil turistas anuales al Caribe mexicano en un escenario conservador, vía rutas directas o trianguladas. En carga aérea, Cancún ya opera alrededor de 40 mil toneladas anuales; con comercio Caribe–Sudamérica activo, ese volumen podría crecer 10–15% en dos años.
En lo marítimo, el Caribe es la autopista natural. Reactivar Venezuela implica rutas más cortas, menores costos y mayor frecuencia. Para Quintana Roo, esto abre oportunidades en logística regional, distribución, turismo combinado, alimentos, insumos hoteleros y servicios.
La pregunta no es si Venezuela cambiará. Es si Quintana Roo está listo para dejar de verse solo como destino turístico y asumirse como hub estratégico del nuevo Caribe económico.
¡Hasta la próxima semana, con nuevos retos y oportunidades!
Sin miedo a la cima, porque el éxito ya lo tenemos.
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