La selva maya enfrenta hoy uno de los mayores desafíos de su historia reciente.
El crecimiento urbano acelerado, la expansión inmobiliaria desmedida y la falta de una planeación territorial responsable han colocado en riesgo un ecosistema fundamental para el equilibrio ambiental del sureste mexicano.
La pregunta ya no es si la selva está en peligro, sino si todavía puede sobrevivir al ritmo actual del desarrollo que se le impone.
Durante décadas, el crecimiento de ciudades como Cancún y la Riviera Maya se dio bajo una lógica de corto plazo.
Se privilegiaron intereses económicos inmediatos sobre una visión integral del territorio.
Se autorizaron fraccionamientos, carreteras y megaproyectos sin respetar los tiempos de la naturaleza ni los corredores biológicos que permiten la movilidad de la fauna silvestre.
El resultado es una selva fragmentada, debilitada y cada vez más vulnerable a incendios, invasiones y degradación irreversible.
Cuando la selva se rompe, las consecuencias no tardan en manifestarse.
Animales desplazados invaden zonas urbanas en busca de alimento y refugio, lo que incrementa accidentes viales, conflictos con la población y la muerte de especies que deberían estar protegidas.
Al mismo tiempo, se altera el ciclo natural del agua: se reducen las áreas de absorción, aumentan las inundaciones y se compromete la recarga de los acuíferos, principal fuente de agua potable en la región.
El desarrollo no debe verse como enemigo de la conservación, pero sí necesita límites claros y reglas firmes.
Crecer sin planeación no es progreso, es destruir el futuro.
La selva maya no es un terreno vacío disponible para urbanizar, es un sistema vivo que regula el clima, protege el suelo, almacena carbono y sostiene tanto a la biodiversidad como a las comunidades humanas que dependen de ella.
Aún es posible cambiar el rumbo, pero el tiempo se agota.
Se requiere voluntad política real, aplicación estricta de la ley ambiental y un ordenamiento territorial que priorice la vida sobre la ganancia.
También se necesita una ciudadanía informada, crítica y participativa. Proteger la selva no significa frenar el progreso; significa garantizar que el progreso no destruya aquello que, literalmente, nos da vida