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El gobernador… (1)

Por muchos años gobernar a Quintana Roo fue relativamente sencillo. Municipios con el mayor crecimiento nacional, inversión privada nacional y extranjera, derrama económica… el reto fue, se advirtió menor en la geografía del auge, incorporar al Sur con el Norte de la entidad. Así, unos ejercieron su derecho de gobernar poco, y otros copiaron a sus antecesores gobernando menos. Ausentes, dedicados a explotar su circunstancia como si llegar a su posición fuese equivalente a una llave mágica que abría tesoros incalculables. Y la gente aguantó porque se vivía, con tantas carencias, mejor aquí que en sus lugares de origen; porque había espacio para comenzar de cero e imaginar nuevos sueños . Porque los locales, que se fueron volviendo menos y menos y menos, tenían acceso a una tajada, aunque pequeña, del desarrollo. Porque había espacio para mantener sus negocios o emprender otros.

Eso se acabó.

El principio del fin inició cuando dejaron de llegar las migajas del dinero oficial, cuando todo se puso en manos de gente ajena, cuando dejaron de pedir un porcentaje para quedarse con todo. Y vaya que todo fue todo. En ese desánimo, de los locales y los nuevos quintanarroenses, llegó Carlos Joaquín. Con la suma de los descontentos tachando las boletas electorales, con una carga inmensa de esperanza depositada sobre sus hombros a priori.

¿Era posible gobernar así? Cualquier cambio iba a ser bienvenido. Por mínimo que fuese. Y los hubo. Muchos. Se hizo visible. Una vez más, como en aquel inicio cuando éramos pueblito, cuando apenas iniciaba el nuevo Quintana Roo, y Jesús Martínez Ross estaba presente en todo, preocupado porque Cancún iba a tener más habitantes que Chetumal, iba a completar cuarenta mil, Carlos Joaquín se vistió de gobernante.

Es decir, se puso la guayabera de gobernador para ir, para estar, para escuchar, para recibir a la gente.

Ese fue el principio. Ahora se cumplen dos años… ¿Es tiempo de algún balance? Supongo que de muchos. Es tiempo de volver a comenzar, de iniciar el gobierno del segundo tercio, más cerca del final. Cuando ya se sabe, definitivo, que se puede hacer y que no se habrá de conseguir de todas las metas.

Es tiempo de una contabilidad que incluye los trágicos saldos y peores peligros de la violencia…
(Continuará)

Publicado por
Isabel Arvide
Etiquetas: encorto

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