Reflexiones: “Tinta del Cielo”
Despertar el primero de enero en Quintana Roo se ha vuelto un ritual casi litúrgico, aunque no precisamente sagrado. Las calles amanecen cubiertas de cenizas, restos de trapos quemados, cartón chamuscado y muñecos de “años viejos” humeantes. A esto se suman los rezagos humanos de la fiesta: borrachos orinando junto a árboles o coches estacionados, perros temblando por el estruendo de los petardos, y un silencio roto solo por algún estallido tardío. El Caribe mexicano ofrece su mejor amanecer anunciando su nuevo ciclo de oportunidades, pero no todos están en condiciones de contemplarlo.
La resaca —física y existencial— hace su trabajo en los modernos adoradores de Dionisio: El calendario marca el inicio de un nuevo ciclo de 365 días, pero la pregunta incómoda persiste: ¿realmente ha comenzado algo nuevo en nosotros?
En las redes sociales abundan las frases motivacionales de temporada: “si no cambias, todo se repite”, “sin plan no hay transformación”. Y no mienten. También observamos los memes o cinismos moderno que esconde nuestra resistencia al cambio. En ellos leemos “Se me cayó la uva del plan”, “se me cayó la uva y era la de no enojarme con mi esposo”, etc. El problema no es la falta de deseos, sino la ausencia de resolución. Las doce uvas se comen, los propósitos se pronuncian, pero rara vez se encarnan. Así, lo “nuevo” se convierte en una repetición maquillada de lo viejo.
Este patrón conductual no es nuevo. Ya estaba presente en los fariseos del evangelio, a quienes Jesús confronta con una imagen contundente: vino nuevo en odres viejos y remiendos nuevos sobre telas gastadas (cf. Mt 9:16–17). El resultado no es renovación, sino ruptura. El odre se revienta; la tela se rasga más. El intento de conservar lo viejo usando recursos nuevos termina empeorando aquello que se pretendía salvar.
El problema no es el vino nuevo —ideas, propósitos, discursos de cambio—, sino la resistencia a cambiar la estructura interna que los contiene. Queremos hábitos nuevos sin abandonar viejas lealtades, metas distintas sin revisar prácticas, espiritualidad fresca sin arrepentimiento real. Es cambio de forma, pero no de fondo, no transformación.
Esto explica por qué tantos ciclos vitales fracasan: no se puede producir cambio conductual duradero sin reconfiguración de creencias, motivaciones y límites. En lo social y cultural seguimos celebrando finales simbólicos sin asumir procesos reales. El evangelio nos ofrece un mensaje directo que incomoda nuestras falsas creencias: lo nuevo que Dios ofrece exige un corazón renovado, no solo intenciones recicladas y anhelos pronunciados con brindis y música de temporada.
Las cenizas del “año viejo” no garantizan un año nuevo. Quemar un muñeco no quema patrones, ni vicios, ni inercias morales. Si el odre sigue siendo el mismo, el vino —por más nuevo que sea— se perderá.
El año ya comenzó. La oportunidad también. La pregunta decisiva no es si quemaste tu año viejo y que cenizas dejaste atrás en la calle, sino qué estás dispuesto a renunciar o cambiar dentro de ti para que no sigas arruinando tu relación de pareja, compromiso de padre, estudiante, empleado o patrón. No olvides que nadie obtiene nuevos resultados, jugando con las mismas viejas reglas.
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