Eran las 9:00 p.m. de un lunes, puntualmente llegó a la cita acordada. Cuando me vio, suspiró hondo y dijo sin rodeos:
—Tengo un gran problema. Mi esposa me está abandonando.
—¿Cuál es la razón del abandono o de la renuncia al compromiso? —pregunté.
—No lo sé —respondió—. Estoy confundido.
No era infidelidad comprobada, no había violencia explícita, no existía una discusión reciente que explicara el quiebre. Lo que sí había era algo más silencioso y corrosivo: una crisis de etapa vital. Esa frontera invisible donde el cuerpo envejece, los sueños no cumplidos pesan más y la identidad entra en revisión y cuestionamiento.
La cultura suele llamar a esto “crisis de la edad”, como si fuera una patología individual. La Biblia lo nombra con mayor sobriedad: tiempos. “Todo tiene su tiempo” (Ecl 3:1). El problema no es atravesar el tiempo, sino no saber interpretarlo. Cuando la crisis no se piensa, se actúa. Cuando no se nombra, se proyecta sobre el otro.
Desde la psicología sabemos que estas crisis reactivan duelos no resueltos. Desde la sociología, que el mandato de “realización personal” suele competir con la fidelidad. Desde la teología, que el corazón sin examen termina confundido y hastiado de los principios y valores de la revelación. Por eso el salmista se pregunta a sí mismo: “¿Por qué te abates, alma mía?” (Sal 42:5). No huye; dialoga con su crisis.
El desafió bíblico no niega el desgaste ni idealiza el matrimonio. Afirma algo más profundo: la renovación no siempre viene cambiando de camino, sino aprendiendo a caminar de nuevo. Pablo lo dice sin maquillaje espiritual: “Aunque nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior se renueva día a día” (2 Co 4:16). Desde esta propuesta paulina, se nos desafía a reinventarnos y adentrarnos al continuo cambio que debemos aprender a sufrir en nuestra travesía y experiencia de vida desde lo personal hasta lo relacional.
Las crisis de la edad no son sentencia; son diagnóstico. Revelan lo que fue postergado o no atendido con prontitud y asertividad, lo que no se habló, lo que se creyó resuelto y no lo estaba. El riesgo no es la crisis; el riesgo es tomar decisiones definitivas desde estados emocionales cambiantes.
Tal vez no estamos ante el final del amor, sino ante una oportunidad incómoda de madurez. Y eso, aunque duela, también es gracia y desafió para reajustar y fortalecer valores y principios para seguir con los compromisos acordados del “juntos hasta que la muerte nos separe”, o apostar al sufrimiento del volver a comenzar sin la pareja.
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