La entrega de la medalla Belisario Domínguez

Una vergüenza para las mujeres. De pena ajena sus ofensas. Sus disparates sin lógica, sin sintaxis, que querían ser “denuncia”.

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La joven senadora de Chiapas, doña priista-verdista Sasil de León, que estuvo tan consentida por el entonces gobernador Manuel Velasco, ahora disfrazada de “izquierdista”, equivocó todo. El vestuario. El peinado. El tono chillante de voz.  Pero sobre todo erró en el discurso.  Desde el inicio en que llamó “presidente institucional” a López Obrador. Sin respetar, elemental, el protocolo de las presentaciones oficiales.

Una vergüenza para las mujeres. De pena ajena sus ofensas. Sus disparates sin lógica, sin sintaxis, que querían ser “denuncia”. Un tristísimo prologo para una ceremonia tan impactante como la imposición de la medalla Belisario Domínguez, sesión solemne del Senado de la República.

Carlos Payán, en contraste gratísimo, comenzó su discurso hablando de su edad, de esa sensación de estar despidiéndose de personas, cosas, libros que ha amado.  De un final que imagina cerca. La gente del diario La Jornada, “los jornaleros”, estaban de fiesta, escuchando emocionados.  El primer mandatario también.  Diría que estaba amoroso, enternecido, deslumbrado.

Mientras Porfirio Muñoz Ledo intentaba no quedarse dormido en el presídium.

En la segunda fila una senadora, del PAN, seguía cubriendo a un bebé, quiero creer que lo era porque ninguno lo vio, con una cobija y otra cobija y otra cobija. Un misterio si le daba de comer o simplemente lo presumía. Extraña forma de querer llamar la atención. Como la señora del PRI, la Salinas, que venía sin medias y con unos tacones tan altos que podía tropezar en ese traje tan formal, hecho por la modista de la esquina.
En el recinto oficial, tan renovado, tan antiguo, la grata presencia de Cristina Gallardo, impecable como siempre, eficiente como siempre.

Mientras que Xóchitl Gálvez adornaba con collares baratos un vestido de terciopelo de una marca  poco conocida en México: Johnny Was. Que se vende en Estados Unidos, con gran influencia china, blusas con bordados, espacios amplios para tallas doble equis, muchos dólares en la etiqueta. La mejor vestida.

Porque era una fiesta, y así los maquillajes y así los vestuarios.

Payán seguía apabullando con su increíble manejo del idioma español. Con su advertencia contra el fascismo, hablando de la humanidad entera que se encamina a la catástrofe, en contra de Donald Trump, del desastre del planeta porque no hemos cuidado la naturaleza.
Y, también, para agradecerle, de una publicidad oficial que debe llegar a todos, debe ser bien repartida.

En primera fila Beatriz Gutiérrez, que no perdió palabra del excepcional discurso, conmovida, en un papel que ejerce con excelencia: independencia y sencillez. El tono discreto, la más discreta seguridad, la ropa todavía más correcta, más en ella misma, sin concesiones.

Carlos Payan recordó que vive en Cataluña, de donde regresó para atestiguar el inicio del gobierno de López Obrador, a cuyo gobierno le deseó “buen viento y buena mar”. Dijo compartir la esperanza…

Y, momento más que conmovedor, dedicó su premio a los periodistas que han sido asesinados.

¿Hay un cambio? Definitivo. Hay un cambio. De tesitura, de fondo, de forma, de expresión.  Hay un cambio.